Capítulo III. Encuentros con rostros y almas.
Viajar no es solo moverse entre coordenadas; es también cruzar miradas, escuchar acentos, compartir silencios. Y en mi andar he conocido personas que fueron faros, espejos, y a veces también tormenta.
En una esquina de Venecia, entre máscaras y canales, «conocí» a Roberto, un italiano de alma generosa, y a Yohanka cubana —Giacomo chef de manos mágicas y corazón nostálgico. Allí, en la calidez de su hogar, celebré mi cumpleaños rodeado de risas, vino y canciones. No fue solo una fiesta: fue pertenencia. Una sensación de familia improvisada pero profundamente real.
En Noruega, durante el proyecto Salsa Nor, no solo compartí pasos de baile, sino también historias de exilio, de identidad, de alegría resistente. Entre cubanos, noruegos y curiosos del ritmo, sentí que el cuerpo puede hablar sin palabras y que la música puede ser puente entre mundos. En esos días de cámara y danza, más que enseñar, me dejé enseñar: sobre comunidad, sobre colaboración, sobre amor por lo que uno hace.
En cada país hubo un rostro que brilló distinto. En Grecia, una mujer de mirada clara que le habló de filosofía y de mar. En México, un taxista que le compartió toda su vida entre semáforos. En Filipinas, un niño que lo guió sin hablar por una aldea inundada tras el monzón. En Estambul, una anciana que le regaló pan caliente solo porque lo vio cansado.
Algunos encuentros fueron fugaces, como relámpagos. Otros siguen escribiendo capítulos paralelos en su historia. Lo cierto es que para mi cada persona ha sido un continente. Y cada conversación, una travesía.
Por eso, a veces recuerdo más a las personas que a los lugares. Porque al final, la geografía verdadera está hecha de gestos, de hospitalidades inesperadas, de manos extendidas cuando el alma necesita descansar.

Comentarios
Publicar un comentario