Capítulo II. Bajo la piel del agua
Algunos viajan para coleccionar vistas; yo he viajado también para bucear en lo invisible. Donde otros ven superficie, yo veo profundidad. Y he aprendido que el mar no solo es agua: es historia, es espejo, es santuario.
Fue en Mallorca, entre las aguas mediterráneas, donde el silencio se volvió lenguaje. Descendiendo con cada inmersión, su cuerpo dejaba de pesar, y su alma flotaba con la gracia de un pez que regresa a casa. Allí el mundo cambió: los relojes dejaron de contar, las voces se volvieron burbujas, y el tiempo… solo era luz filtrada desde arriba.
En Eritrea y Israel, no fueron los monumentos ni las ciudades amuralladas los que me cautivaron. Fue el mar. Azul, antiguo, lleno de promesas y criaturas. Fue allí donde entendí que bucear no es solo mirar, es aprender a escuchar lo que el mundo calla en tierra.
En Maldivas, el paraíso se abría bajo mis aletas. Bancos de peces de colores imposibles, tortugas lentas y sabias, tiburones que danzaban sin miedo. Y yo, pequeño y asombrado, testigo afortunado de ese teatro líquido que muy pocos tienen el privilegio de ver.
Entre apnea y profundidad, aprendí a medirme no por cuánto aguanta el cuerpo, sino por cuánto se rinde el alma. Por eso entrenar con campeones, como la recordista nacional sueca, fue más que deporte: fue ritual. Un acto íntimo de conexión con la vida, con el oxígeno, con el presente.
Y cada vez que vuelvo a la superficie, traigo algo conmigo : no coral ni conchas, sino una calma nueva, una certeza. Que el mundo verdadero está dentro. Que el mar no enseña a competir, sino a ceder. Que la belleza, la auténtica, no hace ruido.
Desde entonces, he mirado cada país también desde el agua: Italia, España, Grecia, Filipinas… No solo desde sus calles, sino desde sus costas, sus bahías, sus arrecifes.






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