Seguir bailando

















Ya casi no me subo a los escenarios a mostrar mi arte —bailar, cantar, actuar—, y, sin embargo, no siento nostalgia.

Siento gratitud.

Gratitud por haber bailado en tierras lejanas y cercanas: Cuba, Nicaragua, México, Suecia, Polonia, Rusia, Italia, Alemania, Canadá, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Serbia…



Por haber dejado, en cada tabla pisada, un pedazo de mi alma y un eco de mi cultura.


Anoche, en el Día Internacional de la Danza en Estocolmo, mientras aplaudía el arte de otros, algo dentro de mí vibró. No era añoranza: era orgullo. Era la dulce certeza de haber vivido esos momentos que ahora me iluminan desde adentro.

Lloré de emoción.

Reí por dentro.

Me sentí pleno, satisfecho, inmensamente vivo.


Porque bailo en cada latido.

Y todavía queda mucho, mucho por seguir bailando…



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