Perdido en Mallorca… pero con clase
En mi segunda visita a Mallorca, ya yo no era turista, ni llevaba cámara colgando ni mapa en la mano. Nada de eso. Yo estaba “residiendo temporal”, como decimos los cubanos cuando nos quedamos en casa de alguien por tiempo indefinido… En este caso, en casa de mi hermano Williams que me abrió las puertas de su hogar .
Una tarde cualquiera, como no tenía mucho que hacer y mi hermano no estaba disponible —, decidí salir a darme un paseíto en bicicleta. Pero no un paseíto cualquiera, no. Yo me sentía ciclista de élite: gorrita ajustada, mochila con agüita y una determinación olímpica de conocer el barrio.
El sol mallorquín estaba a todo dar, la brisa me daba en la cara como si me pasaran un abanico de palma, y yo pedaleando como si me pagaran por kilómetro. Todo iba bien. Todo hermoso. Hasta que decidí regresar…
Y yo, que tengo sentido de la orientación solo si me guían con GPS, estrellas, brújula, y una paloma mensajera, me fui metiendo por unas callecitas todas iguales, bonitas sí, pero traicioneras. Aquello parecía un laberinto suizo diseñado por un español. El barrio tenía más curvas que una novela mexicana.
En fin, que me perdí. Así, sin anestesia.
Como buen cubano moderno, saqué el celular y llamé a William. El diálogo fue digno de una serie de Netflix:
—Oye, compadre… creo que me perdí.
—¿Dónde tú estás?
—Mira… hay una panadería, una rotonda con una estatua rara, y un perro que me está mirando con desconfianza.
—Eso es media isla, Saúl. ¿Algo más específico?
—Bueno… hay una casa amarilla con ventanas azules… ¡y una bicicleta parqueada al revés!
—¡Ah, ya sé! Espérame ahí, voy pa’llá.
Y así fue como William llegó en su carro, como un rescatista del turismo interior, y yo lo seguí en mi bicicleta como si fuera parte de una procesión. La gente nos miraba como si estuviéramos filmando un corto independiente.
Al final, llegamos a casa sanos y salvos. Yo, sudado pero con dignidad. Y aunque me perdí, descubrí dos cosas:
1. El barrio de William es un laberinto.
2. Yo no sirvo para explorador ni en una isla con wifi.
Pero bueno… ¡qué sería de un viaje sin perderse aunque sea una vez!



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