Cepillo
“Por primera vez, me cepillé los dientes en un aeropuerto.”
Después de veinte años viajando, de pasar por terminales con nombre de poeta o de político, de dormir con una mochila por almohada, de oler el café de madrugada en todas las monedas del mundo, anoche sucedió algo distinto.
Estaba en el aeropuerto internacional de Múnich, en una escala más entre tantas. Pero esta vez, sin saber por qué, abrí mi mochila, saqué el cepillo de dientes y caminé hacia el baño como si lo hubiera hecho toda la vida.
No tenía prisa. No tenía cansancio. Solo una extraña necesidad de rutina… en medio del tránsito.
Me miré en el espejo.
La luz blanca me cayó directo en los ojos. El zumbido del secador de manos, las maletas rodando, los idiomas mezclados en la atmósfera.
Y ahí estaba yo. Cepillándome los dientes. Con movimientos lentos, conscientes, casi ceremoniales.
No era el acto lo que me sorprendía, sino lo que revelaba:
por primera vez, no estaba de paso.
Estaba presente.
No sé si fue madurez, o simplemente haber llegado a ese punto del viaje en el que uno empieza a cuidar los pequeños detalles, incluso entre conexiones de vuelos y puertas de embarque.
Quizás fue una especie de señal silenciosa de que, aunque sigo moviéndome, ya no huyo.
Ya no ando corriendo detrás de algo.
Ni escapando de mí mismo.
Solo quería tener la boca limpia.
Y fue maravilloso.



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