Veinte pesos
Veinte pesos
Hubo un tiempo en que veinte pesos cubanos eran un tesoro. No un símbolo, no una metáfora: un verdadero tesoro. Con esos veinte pesos que mi padre me daba para el fin de semana, yo sentía que tenía el mundo en la palma de la mano.
Recuerdo una noche en particular. Salí de casa como quien va a conquistar el universo, con mis veinte pesos bien guardados en el bolsillo y una sonrisa cómplice en la cara. Tomé un taxi desde mi barrio hasta El Vedado —el trayecto costaba apenas 1 peso con 20 centavos. Sí, leías bien: 1.20. Una cifra que hoy parecería de un cuento de realismo mágico, pero era completamente real.
Llegamos a la fiesta que se celebraba en la sede de la Unión Nacional de Juristas de Cuba, un lugar que, para nosotros, era como una pista de despegue hacia la diversión. Sonaba música, había luces, conversaciones cruzadas, miradas que se encontraban. Yo iba con alguien a quien consideraba mi amigo —eso pensaba yo entonces. Compartí con él una media botella de ron que compré allí, mientras bailábamos, mientras reíamos.
Gasté mis pesos con medida, pero con alegría. Nada de excesos, pero tampoco con miedo. Aún me alcanzó para el regreso en taxi. Porque ese era el otro lujo posible en aquellos días: salir y volver en taxi, sin preocuparse demasiado, sin tener que caminar kilómetros por no tener con qué pagar.
La noche transcurrió con esa mezcla de euforia adolescente y esa inocencia de quien cree que la lealtad se mide en carcajadas y pasos de baile. Solo que el tiempo —como suele hacer— me terminó abriendo los ojos. Aquel que llamé “mi amigo” no lo era tanto. La vida, con su paciencia y su sabiduría, me lo hizo entender poco a poco.
Pero no importa. Aún guardo el recuerdo intacto. El valor de esos veinte pesos no solo estaba en lo que compraban, sino en lo que simbolizaban: la confianza de mi padre, la libertad de una noche, la ilusión de la amistad… y la certeza de que, con poco, se podía vivir mucho.





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