Impaciencia.




 




Recuerdo que estaba en cuarto grado, en la escuela primaria Pedro María Rodríguez, cuando me enseñaron a jugar ajedrez. Aprendimos los movimientos básicos, cómo se desplazaban las piezas de escaque en escaque, el valor de cada ficha, las reglas del jaque y el jaque mate. Todo bien… en teoría.


Empezamos a jugar partidas entre compañeros, pero para mí el ajedrez siempre fue un juego demasiado lento, demasiado callado, demasiado pasivo. Nunca logró atraparme del todo. A pesar de saber cómo se mueven las piezas, me costaba encontrar motivación para sentarme frente al tablero.


Me llenaba de impaciencia. Sentía que nada ocurría, que todo era pensar y esperar, pensar y esperar… y eso me ponía nervioso. Yo necesitaba movimiento, acción, ritmo. Siempre me atrajeron más los deportes donde el cuerpo también entra en juego, donde pasan cosas, donde el pulso se acelera. El ajedrez, para mí, era como una pausa forzada que no disfrutaba.


Supongo que cada quien tiene su propio ritmo. El mío, claramente, no estaba hecho para las casillas en blanco y negro.





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