El día del zapato perdido
Era una tarde cualquiera, de esas en las que uno siente que todo está bajo control. Mi bolso de entrenamiento estaba listo desde la noche anterior —ropa deportiva, toalla, agua, energía positiva y esa pequeña dosis de vanidad necesaria para enseñar Zumba con estilo.
Corría el año… bueno, entre 2014 o 2015, cuando aún era instructor externo en Vällingby Sim och idrottshall . Aquellos tiempos donde llegar puntual, sonreír mucho y moverse como si no existieran articulaciones eran parte del contrato no escrito.
Llego al gimnasio, entro al cuarto de los instructores como quien entra a su camerino antes del show. Abro el bolso, saco mi ropa, y cuando voy por mis zapatillas… ¡plop! Solo hay una.
Una. Única. Sola. Abandonada. Como el calcetín triste que nadie escoge en la secadora.
Después de unos segundos de negación, me doy cuenta de lo ocurrido: Carla. Mi pequeña, mi curiosa, mi hija de alma juguetona y manos ligeras. ¡Claro! Seguramente agarró uno de los zapatos para jugar, o hacer quién sabe qué proyecto creativo digno de museo infantil. Quizás estaba practicando para ser pirata y necesitaba una pata de palo… o tal vez una pista para encontrar tesoros. Sea como sea, mi zapato ya no estaba.
Me invade un microinfarto. Imagínate dar una clase de Zumba, saltando, girando, meneando las caderas… ¡con un solo zapato! Parecería más una rutina de teatro experimental que una clase de fitness.
Salí del cuarto con la dignidad apenas en pie (el pie con zapato, claro), dispuesto a confesarle mi tragedia a la coordinadora. Y ahí fue donde ocurrió el milagro moderno: me permitió entrar al cuarto sagrado de los trabajadores fijos. Un lugar místico donde, entre uniformes y objetos olvidados, encontré un par de zapatillas funcionales.
No eran glamorosas. No hacían juego con mi ropa. Pero eran dos. Y eso era todo lo que necesitaba para evitar bailar Zumba como si cojeaba de amores.
Di la clase. Sudé. Bailé. Reí. Nadie notó nada raro, excepto yo, que no podía dejar de imaginarme a Carla en casa, desfilando con mi zapato como si fuera la nueva modelo de calzado tropical.
Hoy me río. En aquel momento, estaba listo para subirme a la bicicleta estática y pedalear hasta casa llorando.
Pero bueno, las mejores historias siempre tienen un poco de caos infantil y mucho humor con retraso.




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