Capítulo IV. Aeropuertos: los templos del tránsito.
Para muchos, los aeropuertos son solo estaciones de paso. Para mi, son altares del tránsito. Espacios sagrados donde el tiempo se detiene y la identidad se desdibuja. Allí, todos somos un poco nadie y un poco todos.
Cada aeropuerto tiene su ritmo. Doha, donde el lujo y la arena se mezclan con relojes dorados. Estambul, donde Oriente y Occidente se dan la mano bajo cúpulas de cristal. Martinica, Guadalupe, Margarita, donde los anuncios se pronuncian en francés o español y el aire huele a mar aunque no se vea. Dubai, ese espejismo brillante donde el futuro parece estar hecho de acero y velocidad.
Y sin embargo, más allá del brillo o la eficiencia, lo que me atrapa es la pausa. Ese momento suspendido antes del despegue o después del aterrizaje, cuando el cuerpo está aquí, pero el alma sigue allá. El limbo entre el deseo y el recuerdo. Entre la aventura y la nostalgia.
En los aeropuertos he escrito páginas, observado rostros, dormido en bancos de metal, reído solo frente a una taza de café. He hecho llamadas que cambiaron destinos, y
he recibido mensajes que cerraron capítulos. Allí he sentido el peso de las despedidas, pero también la promesa de lo que vendrá.
Los aeropuertos no son tierra firme, pero son anclas. He aprendido a mirar las pantallas de salidas no como listas de vuelos, sino como mapas emocionales. Cada ciudad que aparece es una posibilidad, una memoria, una puerta que se abre en mi corazón.
Y cuando veo mi reflejo en el cristal mientras espero el embarque, no veo a un hombre perdido. Veo a un viajero completo. Alguien que ha hecho del movimiento su hogar, y del trayecto, su templo.





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