Cantando mojado

 





El escenario de azulejos


Hubo un tiempo —antes de que los altavoces portátiles inundaran las casas, antes de que uno pudiera llevar el concierto en el bolsillo— en que el baño era un santuario sagrado. Un templo donde los ecos hacían magia y los azulejos se convertían en la mejor acústica de toda la casa.


Yo tenía mi propio escenario allí, tras la cortina de plástico, con el agua cayendo como un telón brillante. Cada ducha era una actuación. Una mezcla de limpieza y liberación, de afinación emocional y espuma.


Cantaba. Cantaba como si alguien me escuchara. Como si esa pequeña caja de azulejos fuera un teatro secreto y yo, el protagonista de una historia en la que la voz no tenía que ser perfecta. En español o en inglés —con más entusiasmo que precisión fonética, lo admito— soltaba estrofas enteras, inventando lo que no sabía, rellenando los huecos con sonidos que “parecían” palabras.


Pero no era solo cantar por cantar. Había algo profundamente íntimo en ese acto. Era el único momento del día en que estaba completamente solo, sin expectativas, sin correcciones, sin juicio. La ducha era un confesionario sonoro donde se desahogaban emociones escondidas, se recordaban amores no dichos o se ensayaban frases que nunca se llegarían a decir en voz alta.


A veces incluso me aplaudía yo mismo. Un golpecito con la esponja en la pared o un “¡Bravo!” susurrado, que me hacía reír. Otras veces, salía envuelto en vapor, con la sensación de haberme presentado en el escenario de mi alma.


Y eso… eso no lo supera ningún altavoz.






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