Regalo invaluable.
El abrigo invisible
A veces, los regalos más valiosos no vienen envueltos en papeles brillantes ni llevan moños vistosos. A veces, llegan en forma de un gesto silencioso, de esos que solo nacen del corazón y de la mirada profunda que sabe leer entre las líneas del alma.
Recuerdo como si fuera ayer aquel invierno, mi primer invierno real en Suecia.
El frío no era solo una temperatura: era una presencia. Una especie de silencio blanco que se colaba en los huesos, en los pensamientos, en el alma misma. No estaba acostumbrado. Venía de un sol distinto, de otro tipo de calor: el de Cuba, el de la gente, el del mar.
Y entonces apareció Osvaldo. Con ese modo suyo, discreto pero firme, que nunca ha necesitado hacer ruido para estar presente. Me entregó un par de guantes, un gorro y una bufanda. Solo eso. Pero en ese gesto venía envuelto mucho más que abrigo.
Me estaba regalando protección, cuidado, pertenencia. Me decía sin palabras: “No estás solo”. Y créeme, no hay mayor tesoro cuando uno es inmigrante y comienza de cero, rodeado de nieve y de incertidumbre.
Más de veinte años han pasado desde aquel regalo, y aunque los guantes ya no abrigan mis manos, y la bufanda tal vez duerma en un cajón, el gesto permanece intacto. Porque Osvaldo no solo me abrigó del frío sueco aquel día: me abrigó en muchos inviernos de la vida.
Hemos compartido silencios, risas, momentos difíciles, y hasta esos largos espacios de tiempo donde no se habla a diario, pero se sabe que el otro está. Siempre ha estado. Como una raíz profunda que sostiene sin pedir protagonismo.
Hoy, 17 de abril de 2025, escribo estas líneas como una forma humilde de agradecer. Porque a veces uno necesita volver al origen de las cosas para comprender lo que realmente vale.
Gracias, hermano. Por aquel regalo tan simple y tan enorme. Y por seguir siendo, después de tantos años, ese abrigo invisible que me regalaste.










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