El privilegio del silencio.



Son las 4:15 de la mañana. 


En el autobús, solo estamos el chofer y yo… y ahora se sube una mujer, envuelta en su propio silencio.


Minutos después….


 No pasamos de siete personas, y sin embargo, cada quien parece flotar en su universo. Afuera, la ciudad duerme. Adentro, el tiempo camina descalzo.


Después de casi tres décadas de viajar en guaguas cubanas, entre codos, empujones y el arte de encajar en lo imposible, esta paz todavía me asombra. No es una comparación, es un contraste vital. Allá éramos muchos en poco espacio. Aquí, soy casi siempre uno entre pocos.


Veinte años han pasado desde que llegué a Suecia. Aún he vivido más tiempo en Cuba que aquí, pero hay sensaciones que no caducan. Viajar solo en un autobús que atraviesa la madrugada es una de ellas. Me sigue pareciendo un pequeño milagro cotidiano.


No se trata de soledad. Es otra cosa. Es el privilegio de estar presente. De mirar por la ventana y ver cómo la niebla acaricia los árboles. De respirar hondo sin prisa. De disfrutar este silencio como quien saborea una fruta rara.


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