Viajar en el tiempo









Visitar Pompeya fue como regresar, de algún modo, a una clase universitaria que había quedado dormida en la memoria, como si el tiempo la hubiese cubierto también con cenizas. Recuerdo haber estudiado sobre aquella erupción del Vesubio, sobre las ciudades arrasadas, los cuerpos petrificados en la desesperación… pero todo era teoría, letras en un libro, imágenes borrosas proyectadas en una pared de aula.

Y sin embargo, ahí estaba yo. Caminando por calles que una vez estuvieron llenas de vida, de comercio, de risas, de conversaciones cotidianas. Calles que fueron tragadas por el fuego del volcán y luego devueltas al mundo por la tenacidad de arqueólogos y restauradores. Me detuve frente a los restos de una casa con frescos aún visibles, como si el arte se hubiera aferrado a las paredes para no desaparecer del todo.


Era sobrecogedor pensar que bajo esas piedras vivió gente real, con sus propios sueños, miedos y rutinas. Sentí que la historia dejaba de ser un relato para convertirse en presencia. Como si los ecos del pasado se colaran por las grietas, susurrando fragmentos de lo que fueron.



Me conmovió especialmente el trabajo de quienes han dedicado años a recuperar estos vestigios, a reconstruir no solo estructuras, sino también relatos, vidas, memorias. Gracias a ellos, generaciones como la mía pueden pasear por Pompeya y no solo aprender sobre su historia, sino sentirla.




Salí del sitio con una mezcla de asombro, respeto y gratitud. Pompeya no es solo una ciudad antigua: es una lección viva de lo frágil y a la vez resistente que puede ser la huella humana.



 



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