Maquillaje express
Hoy fui testigo de otra de esas tantas ventajas que tienen las mujeres.
Cuando un hombre sale de casa, debe hacerlo listo: afeitado, perfumado, presentable desde el primer paso a la calle. No hay margen para “arreglarse en el camino”.
En cambio, ellas se dan el lujo —y con toda calma— de maquillarse mientras avanzan hacia su destino.
La de hoy iba en un tren repleto, apenas había espacio para respirar… y, sin embargo, allí estaba ella, imperturbable, entregada a su ritual. Con precisión y paciencia, disimulaba arrugas, retocaba canas en las cejas y aplicaba cada detalle que solo una mujer sabe lo que implica.
Mientras la multitud se balanceaba con cada sacudida del vagón, ella parecía vivir en un pequeño mundo aparte: su espejo, sus brochas, su tiempo.



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