Refrescando la memoria
Los refrescos de la merienda
Recuerdo aquellos recreos en la escuela primaria de los años setenta, en La Habana, cuando nos tocaba la merienda infantil. Entre el pan con pasta o con croqueta y el pequeño pomo de refresco, uno sentía que aquel momento era casi una fiesta. Pero lo verdaderamente importante no era el pan: era el refresco.
Había una jerarquía tácita entre nosotros, una escala de gustos que todos conocíamos aunque nadie la hubiera escrito en ninguna parte. El más codiciado era el “Naranjita”, aquel de color anaranjado intenso y burbujeante, con un sabor que pretendía ser de naranja, pero que sabía más bien a verano y a sol. Si te tocaba uno de esos, eras afortunado. A veces los maestros los repartían al azar, pero todos tratábamos de ver de antemano cuál botella brillaba más al fondo del cajón de refrescos.
Después venía el negro, el clásico de sabor a cola. No era Coca-Cola, claro, sino una versión local, fabricada en Cuba, con su burbujeo más suave y un dejo dulzón al final. Tenía un aire de elegancia, como si quien lo bebía estuviera un poco más crecido. El blanco, en cambio, era todo lo contrario: transparente, inocente, chispeante. Decían que era de limón, aunque a mí siempre me supo a una mezcla de azúcar y misterio.
Luego estaban los menos populares: el “Piñita”, que se anunciaba como de piña, y el Materva, aquel brebaje marrón claro que unos pocos adoraban y la mayoría rechazaba con disimulo. La Materva era una bebida de yerba mate, con un sabor entre dulce y amargo, que a muchos nos resultaba raro. Siempre había uno o dos niños que pedían cambiar su Materva por cualquier otro, incluso por un Piñita.
A veces, cuando el encargado del kiosco se descuidaba, nos asomábamos para ver las cajas apiladas: botellas de vidrio grueso, con las etiquetas algo descoloridas, tapadas con chapas metálicas que el señor abría con un abrebotellas de pared. El sonido del gas escapando era casi musical, y aquel olor —mezcla de azúcar, vidrio frío y polvo de almacén— formaba parte de la memoria de la escuela tanto como el timbre del recreo.
Con los años supe que el “Naranjita” era de la línea “Cawy”, una marca cubana muy popular en los 60 y 70, que tenía también el Cawy Piña, el Cawy Cola y hasta un Cawy Limón. Y la Materva, claro, era una bebida con historia, traída desde Tampa y adaptada a nuestro gusto criollo.
Pero en aquel entonces, lo único que yo sabía era que si me tocaba un Naranjita o un refresco blanco, el día ya estaba hecho. Y que, aunque algunos se burlaban del que le tocaba la Materva, siempre había uno —casi siempre el más callado del grupo— que la bebía despacio, como si entendiera algo que los demás todavía no sabíamos.



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