La gorra
Nunca supe por qué la conservé tanto tiempo. A simple vista no tenía nada de especial, pero había algo en sus colores que siempre me detenía un segundo antes de guardarla. No era una gorra nueva, tampoco vieja del todo; parecía haber vivido justo lo necesario para tener historia.
El tejido de la parte superior tenía un tono incierto, algo entre el gris y la sombra, como si se negara a ser definido. Abajo, la visera mostraba un color que no encajaba del todo, un anaranjado discreto, gastado en los bordes, con una curva que no venía de fábrica. Esa curva se la di yo, una tarde cualquiera, sin pensarlo mucho, solo por sentirla más mía.
El cierre trasero, de plástico, tenía la aspereza de las cosas hechas para durar sin pretensión. A veces jugaba con él, escuchando el pequeño chasquido de los dientes al encajar, ese sonido tan insignificante y, sin embargo, tan familiar.
Mucho después supe que mi padre había jugado béisbol. No como pasatiempo, sino de verdad, a nivel profesional. Lo dijo sin buscar admiración, con una calma que escondía algo más profundo. Mencionó un torneo en Panamá, como si hablara de un sitio cualquiera, aunque en su mirada había un destello de otros días.
El accidente que puso fin a su carrera lo contó casi sin pausas, como si fuera una línea más en una conversación. Yo escuché en silencio, intentando imaginarlo en el campo, con una gorra parecida a la mía, la suya tal vez también marcada por el sudor, por el sol, por el tiempo.
Desde entonces, esa gorra mía dejó de ser solo una prenda. No lo entendí de inmediato, pero en ella había algo suyo, algo que quedó suspendido entre lo que pudo ser y lo que alcanzó a ser. Cada vez que la miro, me parece que sigue ahí, esperándolo, o esperándome.




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