Mis historias




Ahora gano tiempo contando mis historias.

Antes lo perdía mirando las de otros… historias que no eran mías, unas inventadas, otras reales, pero ajenas.

Y mientras las veía pasar, la vida también pasaba, sin pausa, como si esperara que yo me decidiera a recordarme.


Mis historias me devuelven al principio.

A mis raíces.

A lo que fui, a lo que hice, a lo que soñé sin saberlo.

A mi niñez, con su olor a tierra y a mango maduro; a mi juventud, con su hambre de mundo; a los amigos que tuve y que aún viven en alguna esquina de mi memoria.

A mi familia, al instante en que nací y crecí sin saber que todo eso, lo sencillo, lo cotidiano, me estaba preparando.


Es curioso cómo cambia la mirada con el tiempo.

Cuando uno empieza a contar su propia historia, se da cuenta de que nada fue casualidad.

Que hubo pasos conscientes, sí… pero también otros que di a ciegas, empujado por algo que todavía no entendía.

Y sin embargo, todo, absolutamente todo, me trajo hasta aquí.


Han pasado dos décadas desde que llegué… y hoy sé que lo que soy no nació de la suerte, sino del camino.

De cada error, de cada intento, de cada raíz que se negó a soltarse.

Porque uno no se inventa a sí mismo de la nada; uno se construye con lo vivido, con lo recordado, con lo amado.


Y ahora, al contar mis historias, no solo las recuerdo:

me recuerdo.




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