"Oficios del amor y del desamor”
Me invitaron a una boda, primero a la ceremonia oficial en el Palacio de los Matrimonios de Diez de Octubre. No era la primera vez que asistía a ese sitio; lo hacía con bastante frecuencia debido a mi trabajo como abogado. En ocasiones tenía que buscar certificaciones de matrimonio allí.
Cada vez que iba al recinto por actividades ajenas a mi mundo laboral, sentía, sin embargo, la sensación de estar trabajando. La registradora —a quien conocía por cuestiones de trabajo— frente a los novios que pronto serían esposo y esposa, leía los artículos del Código de Familia, los mismos que yo conocía también por razones de trabajo. Estaba en un lugar familiar, casi institucional para mí, y todo conspiraba para que, aun sin estar en funciones, me sintiera como si lo estuviera.
No es que me gustara o me disgustara, pero era una sensación un tanto rara. La diferencia era que, después de la ceremonia, íbamos al sitio de la fiesta, y entonces todo se transformaba: la formalidad quedaba atrás, y llegaban la alegría, la música, las felicitaciones y los buenos deseos para los recién casados.
Lo curioso es que cuando asistía a una ceremonia de matrimonio en el Palacio, las parejas se estaban uniendo; pero cuando iba por motivos de trabajo, era porque otra pareja se estaba separando. Es curioso: en el mismo lugar, dos propósitos tan distintos.



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