Hay que irse ….


 Para los cubanos, irse no significa simplemente viajar. No es una maleta, un boleto, ni un cambio de dirección. Es escapar. Es abrir una rendija en el muro que encierra los sueños. Es huirle a una vida que más que vivirse… se sobrevive.


Durante generaciones, cuando tuvimos un primer atisbo del mundo más allá de la isla —por un marinero que contaba historias, por un video que cruzaba fronteras, por una imagen robada de otro cielo— comprendimos que lo nuestro no era vida, era una jaula. Era el silencio de las oportunidades que nunca llegan.


Los cubanos somos, quizás, de los pocos que cuando escuchan el rugido de un avión levantan la vista y lo siguen con el corazón apretado. No vemos solo una máquina en el aire: vemos la libertad pasando sobre nuestras cabezas.


Soñamos con irnos. Anhelamos irnos. Algunos lo hicimos, otros no pudieron, otros quedaron en el intento… y otros siguen mirando al cielo, como quien mira un milagro que nunca aterriza.


Porque irse de Cuba no es simplemente partir. Es salvarse. Y al mismo tiempo, dejar un pedazo de alma flotando sobre el malecón, suspendida entre el dolor y la esperanza.


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