Tres abuelas y una tía
Tres abuelas y una tía
¿En común? Las cuatro eran cubanas y cocinaban de maravilla, cada una con su estilo y secretos de cocina heredados de generaciones.
Tuve el privilegio de crecer junto a una de ellas y disfrutar de su arte culinario durante más de treinta años: mi madre, la abuela de mi hijo.
A las otras las fui conociendo con el tiempo, en distintas etapas de mi vida. Cada encuentro traía nuevos aromas, nuevas historias servidas en un plato humeante. A una de ellas la conocí aquí, en Suecia, donde curiosamente también conoció a mi madre. Entre las dos compartieron algún que otro día de cocina y nostalgias, como si quisieran, con un guiso o un postre, cerrar la distancia entre el Caribe y el norte.
Los mejores días siempre fueron los domingos.
Ese día las abuelas se lucían. Sin lujos, sin recetas escritas ni utensilios modernos. Solo sus manos, su sazón y el respeto por los ingredientes sencillos. El olor a sofrito se colaba por cada rincón de la casa: cebolla, ajo, ají y comino abriendo el apetito desde temprano.
Mi madre hacía magia con los frijoles negros, espesos y sabrosos, y el arroz blanco que soltaba un vapor fragante. Aquella abuela oriental que conocí después era maestra en el congrí con chicharrones, y su secreto —decía riendo— era “no tener prisa ni miedo al sabor”.
Otra de ellas, que conocí en la madurez, tenía la mano buena para los tamales en cazuela y los tostones de plátano verde, crujientes y dorados.
Y la tía… la tía era la reina del dulce. Sus flanes, sus casquitos de guayaba y su arroz con leche eran la clausura perfecta para cualquier domingo familiar.
Cada una cocinaba como si rezara. En cada plato había historia, cariño y memoria.
No necesitaron estar juntas para dejarme el mismo legado: el amor por la buena comida y por la gente que se sienta a compartirla.
Hoy ya no están en este mundo, pero siguen conmigo.
Las siento cuando el aceite comienza a cantar en la sartén,
cuando el arroz respira y los frijoles murmuran en la olla.
En ese instante, el tiempo se detiene y ellas regresan,
con sus delantales floreados, sus manos firmes,
sus risas que sabían a domingo.
Cada una dejó un aroma que aún vive en mi memoria:
ajo dorado, azúcar quemada, maíz tierno y hoja de laurel.
Sus recetas eran oraciones,
sus cocinas, templos donde el amor se servía en platos hondos.
Ahora, cuando pongo la mesa,
siento que se sientan conmigo —invisibles, pero presentes—
y que me miran con esa ternura que solo las abuelas tienen,
como si dijeran sin palabras:
“Sigue cocinando, hijo… que mientras haya fuego,
nosotras no nos hemos ido.”



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