Guayabita del Pinar.




 

Éramos tres, y ellas eran solamente dos. Podía parecer una relación desigual, pero ahí íbamos, derecho como el camino que escogimos: estudiar Derecho

Mis dos compañeros eran un año mayores que yo; uno siguió la tradición familiar castrense y ejerció de juez militar, el otro se hizo fiscal. La vida, más tarde, se encargó de torcerle la ruta. Pero esa ya es otra historia.


Era un sábado por la tarde, en una casa de la playa. Allí nos juntamos los tres, estudiantes de Derecho, a pasarla como se podía en esos años. Había ron, cerveza fría que compartíamos a pico de botella, y en la mesa no faltaban los chicharrones ni alguna que otra cosita para picar. Entre sorbo y sorbo nos entreteníamos jugando dominó , ese jueguito que siempre acababa entre risas, trampas inocentes y discusiones de mentira.


No estábamos solos; había otras compañeras de estudios dando vueltas, pero para lo que cuenta esta historia no pintan mucho. Lo importante fueron ellas dos: las que parecían inofensivas, pero nos hicieron sudar la gota gorda. Poco a poco fueron cediendo, y nosotros, animados por el ron, la cerveza y la juventud, seguimos y seguimos hasta que al final las doblegamos.


. Se dejaron querer y nosotros, poco a poco, fuimos ganando valor. Insistimos, avanzamos, hasta que finalmente llegó el momento del pago:

El precio fue alto: una borrachera monumental. Yo, al día siguiente, no pude ni llegar a clases. Mis amigos me dijeron con sorna:

—Abuelo, mejor vete pa’ la casa, que así no se puede.


Y tenían razón.


Porque aquellas dos no eran mujeres de carne y hueso. Eran dos botellas de Guayabita del Pinar, capaces de derribar a tres futuros juristas en una sola noche. 

Comentarios

Entradas populares