Coro Yoruba


 Había nerviosismo entre nosotros, y era lógico que así fuera. Era uno de esos días que se sienten grandes desde el primer instante. Corría el año 1986 y el lugar no podía ser más emblemático: el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Era mi primera vez allí… y también la primera vez que iba a subir a un escenario como parte de un coro folclórico, en un festival de artistas aficionados de la Federación Estudiantil Universitaria.


Días antes —meses incluso— nos habíamos preparado con rigor bajo la dirección de una gloria de la cultura cubana, una voz legendaria del canto afrocubano: Lázaro Ross, el akpwón mayor. Ensayamos nuevas canciones en idioma yoruba, afinamos melodías, ajustamos las posiciones de cada voz según su tono musical. Fue un trabajo arduo, disciplinado, intenso.


Y finalmente llegó el día. 

El Aula Magna estaba repleta.

Frente a nosotros, coros con experiencia y talento: el propio coro de la Universidad, además de agrupaciones de otras facultades. Todos sabíamos que el reto era grande. Pero también sabíamos que traíamos algo distinto: no íbamos a cantar en español ni en inglés, sino en una lengua ancestral que para muchos era totalmente desconocida.


Lázaro Ross entonó la primera melodía como akpwón. Si la memoria no me falla, fue un canto a Elegguá, seguido de un canto s Obatalá que estremeció el salón. Los detalles exactos se han difuminado con el tiempo —han pasado más de treinta años—, pero lo que no se ha borrado es la emoción.


Cuando terminamos, el Aula Magna estalló en aplausos. Los jueces nos otorgaron un reconocimiento —creo que el tercer lugar—, pero más allá del premio, lo importante fue la experiencia: única, irrepetible. Poco después, por razones de trabajo, Lázaro no pudo continuar con nosotros, pero aquella presentación quedó grabada para siempre en mi memoria, en mi corazón… y en mi garganta.


Aquel día entendí que cantar no es solo usar la voz: es entregar el alma.


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