Coser y bailar
Estábamos en plena preparación para una presentación. El vestuario estaba regado por todos lados: camisas, pantalones, telas, lentejuelas y botones. Yo estaba sentado en una de las sillas del salón de ensayo, con una camisa sobre las piernas, enhebrando una aguja con hilo blanco para ponerle un botón que se había caído.
Mientras pasaba la aguja con cuidado, tratando de que la puntada quedara firme y derecha, escuché unas risas suaves a mi lado. Levanté la vista y allí estaba ella, una de las responsables del Movimiento Artístico Cultural de la Universidad. Se quedó mirándome un segundo, con una sonrisa amplia, como si la escena le resultara especialmente divertida.
—Siempre que te veo haciendo eso me da mucha gracia, Saúl —me dijo.
Yo seguí cosiendo el botón sin apurarme. Ella se cruzó de brazos, inclinada un poco hacia adelante, observando cada puntada como si fuera un espectáculo aparte. Alrededor, algunos compañeros practicaban pasos fuertes, golpes de tambor, movimientos bruscos de orisha, bailes intensos que llenaban el salón de energía.
—Es que —dijo ella, aún riéndose— me hace mucha gracia el contraste.
No dijo más. Yo terminé de asegurar el botón, corté el hilo con los dientes, y volví a colocar la camisa en su percha. Luego me puse de pie para ensayar, cambiando en segundos la aguja y el hilo por los movimientos firmes y potentes del baile.
Ella seguía riéndose bajito desde un rincón, como si todavía viera la imagen de mis manos cosiendo en lugar de mis brazos golpeando el aire con fuerza.



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