Aventura fluvial.
Había un río cerca del campamento.
No lo veíamos desde los albergues...
pero sabíamos que estaba allí. A veces, cuando el viento cambiaba de dirección al atardecer, traía un olor húmedo, fresco, distinto al polvo rojo de los campos y al sudor agrio de la jornada.
El espíritu explorador —o la simple necesidad de escapar por un momento de la rutina— terminó imponiéndose entre algunos de los muchachos de los años superiores.
Yo cursaba el décimo grado del preuniversitario.
Una tarde, cuando el sol empezaba a caer y el trabajo en el surco había terminado, uno de ellos se me acercó con una propuesta que tenía sabor a aventura:
—Oye… vamos al río a bañarnos.
La oferta era tentadora.
Muy tentadora.
Después de horas cortando, cargando o limpiando lo que tocara aquel día, la idea de sumergirse en agua fresca parecía un pequeño milagro.
Pero dudé.
No por falta de ganas, sino por ese presentimiento que a veces se mete en el pecho sin pedir permiso.
Algunos sí fueron.
Se escabulleron entre los matorrales, siguiendo un sendero improvisado que los mayores ya habían descubierto. Cuando llegaron, el río estaba allí, tranquilo, como si los hubiera estado esperando todo el tiempo.
No tenían trajes de baño.
Nadie en el campamento tenía esas comodidades.
Así que, entre risas y complicidad adolescente, los bañistas —muchachos y muchachas— se metieron al agua en ropa interior, celebrando aquel instante de libertad robada.
El río corría lento, el agua brillaba con la última luz de la tarde y por unos minutos olvidaron el campamento, el trabajo obligatorio, los horarios, las listas y las consignas.
Pero esas cosas rara vez duran mucho.
Por esas ironías de la vida —o porque siempre hay alguien que habla más de la cuenta— la noticia llegó a oídos del director del campamento.
Un profesor de pelo canoso al que todos conocían simplemente como El Keye.
Nadie sabía muy bien de dónde venía el apodo, pero todos sabían lo que significaba cuando aparecía.
Los sorprendió allí mismo, en plena escena de disfrute y gozo fluvial.
El contraste debió de ser casi teatral:
el grupo saliendo del agua, riendo todavía…
y, en la orilla, la figura rígida del director, con los brazos cruzados y el gesto severo.
La represalia no tardó en llegar.
Habían estado ausentes de la jornada laboral.
Aquello, en la lógica férrea de aquellos campamentos, era una falta grave.
El castigo fue ejemplar.
Como un capataz moderno de aquella peculiar plantación pedagógica, El Keye decretó la expulsión de los infractores.
Así terminó la aventura del río.
Y yo, que había dudado y me quedé en el campamento aquella tarde, entendí que a veces la prudencia salva…
pero también deja una pequeña espina de curiosidad para toda la vida.
Porque todavía hoy, cuando recuerdo aquellos días de la Escuela al Campo de principios de los años ochenta, sigo preguntándome cómo habría sido el agua de aquel río.

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