Las maletas
Aquel nombre siempre me pareció elegante, casi noble: la escuela al campo.
Pero los nombres, a veces, son apenas una cortina.
Eran 45 días lejos de casa.
Cuarenta y cinco días en los que los estudiantes de secundaria básica y de preuniversitario éramos enviados al campo a trabajar bajo una consigna que repetían los profesores, los carteles y los discursos:
El trabajo ennoblece.
En aquel momento éramos demasiado jóvenes para entender lo que significaba realmente. Éramos adolescentes. Muchachos. Mano de obra gratuita disfrazada de formación revolucionaria. Pero entonces no lo sabíamos.
Lo que sí sabíamos era que durante esos 45 días la vida cambiaba.
Había que preparar el equipaje. Y el equipaje, en aquellos años, no eran mochilas modernas ni maletas de plástico. Eran cajas de madera. Maletas rústicas, pesadas, toscas, cada una con su candado colgando como un pequeño guardián metálico.
Había grandes, pequeñas, largas, cuadradas… pero casi todas tenían algo en común:
parecían más cajas de herramientas que equipaje de estudiantes.
Y sin embargo allí dentro cabía todo lo necesario para sobrevivir aquellas semanas: ropa, jabón, cartas, algún libro, y las pequeñas cosas que nos recordaban que todavía éramos muchachos.
Mover todas aquellas maletas era una operación casi militar.
Por eso existía algo que todos conocíamos:
el camión de las maletas.
Era un camión viejo que salía uno o dos días antes que los estudiantes. Su misión era transportar todas aquellas cajas de madera hasta el campamento agrícola donde íbamos a pasar semanas cortando, cargando, sembrando o recogiendo lo que tocara.
Cuando llegáramos nosotros, nuestras maletas ya deberían estar allí.
Participar en ese traslado era casi un privilegio. Solo lo hacían los estudiantes mayores.
A mí me tocó dos veces.
La primera cuando estaba en noveno grado, el más alto entonces.
La segunda cuando estaba en duodécimo, ya en el preuniversitario.
Nuestro trabajo era sencillo y brutal al mismo tiempo:
cargar maletas, apilarlas en el camión, viajar con ellas, descargarlas y ordenarlas en el campamento.
Madera sobre madera.
Golpes secos.
Sudor adolescente.
Pero también tenía algo de aventura.
Porque cuando terminábamos el trabajo y caía la tarde, cuando ya no había profesores mirando demasiado cerca, aquellas maletas cambiaban de función.
De pronto dejaban de ser equipaje.
Se convertían en instrumentos.
Las cajas de madera resonaban como tambores.
Alguien comenzaba a marcar un ritmo.
Otro lo seguía.
Y entonces aparecía la música.
Conga.
Rumba.
Algún bolero mal cantado.
Cualquier cosa que nos recordara que seguíamos siendo muchachos y no simples brazos trabajando.
Golpeábamos las tapas de madera con las manos abiertas.
Y el campamento entero vibraba.
Entre todas las maletas hubo una que nunca olvidé.
No era como las demás.
Era una caja de municiones.
Alguien me la había conseguido —todavía hoy no recuerdo quién— y desde el primer momento me fascinó.
Era más robusta, más sólida. El sistema de cierre era distinto, metálico, casi militar. Aunque también le puse un candado, como a todas.
Aquella caja tenía carácter.
Hasta que un día ocurrió.
Estábamos en uno de esos momentos de descanso. Conversando, riendo, empujándonos como hacen los adolescentes. Y uno de los muchachos, sin pensarlo mucho, se sentó encima de la maleta.
Se escuchó el crujido.
La tapa se partió.
La madera cedió como si se quejara.
Recuerdo que lo miré.
Él me miró a mí.
Y entonces le dije algo muy simple:
—Hasta que tu padre pueda arreglar la mía… me quedo con tu maleta.
No hubo discusión.
No hubo pelea.
Simplemente asintió, levantó su caja de madera y me la entregó.
Y así fue.
En medio de aquella vida improvisada entre cañas, polvo y cajas de madera, la justicia funcionaba de una manera muy simple.
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