La mafia


 En Estocolmo existe una organización poderosa, omnipresente y curiosamente aceptada por la sociedad.

La llaman —con un eufemismo que pretende suavizar su enorme influencia— la mafia de los coches.


No hablo de coches deportivos ni de conductores temerarios. No.

Hablo de coches de bebé.


Una organización perfectamente estructurada que domina aceras, parques, cafeterías y, sobre todo, el transporte público.


Su método de expansión territorial es simple y brillante: dos o tres padres o madres con coches se detienen en mitad de una acera. No pegados a la pared, no en un lado discreto. No. Exactamente en el centro geométrico del paso. Allí establecen su cuartel general mientras conversan sobre temas de alta importancia estratégica:


—La consistencia de la papilla.

—El número de horas que durmió el pequeño Viggo.

—La última innovación en pañales ecológicos.

—Si el coche Bugaboo del vecino tiene mejor suspensión.


Mientras tanto, los simples mortales —peatones sin descendencia inmediata— debemos improvisar maniobras evasivas: bajar a la calle, rodear por el césped, o realizar un elegante slalom entre ruedas, mantas térmicas y bolsos gigantes llenos de biberones.


Lo curioso es que nadie protesta.

Porque todo el mundo sabe que enfrentarse a la mafia del cochecito es inútil.

Además, todos intuimos una verdad incómoda: algún día podríamos convertirnos en miembros.


El dominio territorial alcanza su máxima expresión en el autobús.


Imagina la escena: hora pico. El autobús ya va lleno. Gente de pie, mochilas, abrigos de invierno, miradas cansadas.


De pronto se abre la puerta central.


Aparece un coche de bebé.


No hay palabras. No hace falta.

Como si una ley natural invisible se activara, los pasajeros se compactan, se doblan, se repliegan. Las mochilas desaparecen, los cuerpos se comprimen, alguien pierde momentáneamente la circulación en un pie.


El coche entra.


Se crea un espacio que la física clásica jamás podría explicar.


Detalle importante:

quien empuja el coche no paga billete.


Esto refuerza aún más el aura de poder del grupo.


Y lo digo con conocimiento de causa, porque debo confesar algo.


Yo fui miembro de esa mafia.


Dos veces.


Recuerdo perfectamente la sensación. Empujaba el coche por Estocolmo con una mezcla de orgullo paternal y autoridad tácita. Las puertas se abrían, la gente cedía el paso, los autobuses se reorganizaban a mi alrededor.


Era como tener inmunidad diplomática… pero con pañales.


Sin embargo, como ocurre con muchas organizaciones poderosas, llega un momento en que uno se retira. Los niños crecen, los coches desaparecen y vuelves a caminar solo por la ciudad.


Y entonces ocurre algo curioso.


Un día vas por la acera tranquilamente…

y delante de ti aparecen tres coches de bebé ocupando todo el paso.


Suspiras.


Sonríes.


Y piensas con cierta nostalgia:


“Ahí están los muchachos…

la nueva generación de la mafia.” 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Tranvias en mi infancia

¿ Así?

Los tranvías han regresado …