La gran aleta


 Ayer reinicié mi entrenamiento de apnea con monofin.


La motivación fundamental ha sido mi traje de neopreno, con el cual me deslizo mejor bajo el agua. Desde que concluí mi curso de monofin en piscina había colgado mi enorme aleta en lo que yo llamo mi cuarto de buceo en el apartamento. Eso fue en mayo del año pasado. Aunque he continuado entrenando otras dos especialidades de apnea, la gran aleta estuvo descansando.


Colgada en la pared parecía casi un objeto ceremonial. Negra, larga, elegante. Más que una pieza de equipo parecía el ala de algún animal marino. Cada vez que entraba al cuarto para buscar el ordenador de buceo, la máscara o el snorkel, la veía allí, inmóvil, como esperando su momento.


Ayer finalmente llegó.


La descolgué con esa mezcla de respeto y entusiasmo que siempre producen las herramientas que exigen técnica. El monofin no es una simple aleta; es casi un instrumento musical. Si no sabes tocarlo, suena mal. Si logras entender su ritmo, entonces el agua empieza a obedecer.


En la piscina todo parecía familiar y extraño al mismo tiempo.


El primer impulso fue torpe, casi oxidado. El cuerpo recordaba la técnica, pero no con la precisión de antes. El movimiento ondulatorio —esa especie de latido que recorre el cuerpo desde el pecho hasta los pies— tardó unos minutos en reaparecer.


Pero cuando apareció… todo volvió.


De pronto sentí ese deslizamiento largo y silencioso, esa sensación de atravesar el agua sin luchar contra ella. El monofin empezó a trabajar como debe: un solo impulso, y el cuerpo avanzaba metros enteros.


Siempre me ha fascinado ese momento en que el agua deja de ser un obstáculo y se convierte en un medio que te transporta.


En una de las inmersiones más largas me sorprendí pensando que el monofin no es realmente una aleta. Es más bien una traducción física de un sueño muy antiguo del ser humano: moverse en el agua como un delfín.


Cuando salí de la piscina, apoyé la enorme aleta contra la pared. El neopreno aún goteaba y el aire frío del exterior me recordó que sigo viviendo en el norte.


Pero algo había cambiado.


La gran aleta ya no está descansando en mi cuarto de buceo.


Ahora ha vuelto a lo que fue diseñada para hacer.


Abrir caminos bajo el agua. 


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