Vivo en Estocolmo, la capital del país con más islas del planeta: Suecia.
A veces lo digo en voz alta, como si necesitara escucharme para creerlo.
Y cada vez que lo pronuncio, siento que no hablo de un dato geográfico, sino de un privilegio íntimo.
Amanezco temprano.
La luz aquí no irrumpe: se desliza. Se posa sobre el agua como una caricia fría. Abro la ventana y el aire tiene ese olor limpio, mezcla de lago y madera húmeda.
Sé que mi día empieza cruzando puentes, bordeando orillas, saltando de isla en isla como quien cambia de página en un libro.
Cuando vivía en Kungsholmen, aprendí a medir el tiempo en pasos y remadas. Había mañanas en que rodeaba la isla caminando, sintiendo el ritmo de mis zapatillas contra el pavimento, con el agua del Mälaren respirando a mi lado. Otras veces elegía el kayak. Entonces el mundo se volvía silencio y paletada.
Deslizándome sobre el lago, pasaba junto a Lilla Essingen y Stora Essingen, observando cómo las casas parecían crecer directamente del agua. Me adentraba luego por el canal entre Reimersholme y Långholmen, donde el eco de la pala contra el agua marcaba mi propio pulso. Finalmente regresaba por el canal de Karlbergskanalen, con la sensación de haber viajado lejos sin haber salido de casa.
Ir al trabajo aquí no es una rutina; es una travesía cotidiana. Soy un viajero urbano, sí, pero también un navegante. Mientras otros cuentan estaciones de metro, yo cuento islas. Mientras otros esquivan tráfico, yo observo reflejos.
Vivir aquí me ha enseñado que el agua no es frontera, es camino. Que el movimiento puede ser contemplativo. Que el privilegio no siempre grita; a veces simplemente fluye.
Y cada mañana, cuando cruzo de una isla a otra, me ecuerdo en silencio: no todos los viajes requieren maleta. Algunos solo necesitan presencia.


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