¿Médico o Abogado?
Recuerdo aquel tiempo como si lo estuviera viendo desde el portal de la casa de mi abuela, con el sol de la tarde cayendo sobre el barrio y un radio viejo sonando un bolero bajito. Faltaban pocos meses para decidir qué carrera universitaria iba a estudiar, y aquello era un verdadero dilema existencial versión cubana.
Por un lado estaba Medicina. Por el otro, Derecho.
Dos caminos serios… pero yo, muchacho al fin, estaba razonando aquello con una lógica que hoy me da risa.
Yo pensaba:
—Asere, si estudio Medicina, me voy a pasar la vida entera estudiando. Cada día aparece una enfermedad nueva, un virus raro, una bacteria con apellido complicado… ¡eso no se acaba nunca!
Me imaginaba yo con un libro gordísimo de anatomía, ojeroso, mientras los demás estaban en la playa comiendo pan con croqueta. Y entonces mi mente buscó la salida fácil.
—No, chico, mejor Derecho. Las leyes ya están escritas. Eso está hecho. Uno se las aprende y ya.
¡Ay, mi madre…!
Si hubiera sabido.
Con la seguridad de quien cree haber descubierto el truco de la vida, incliné la balanza hacia la licenciatura en Derecho. Yo pensaba que había encontrado la carrera donde uno estudiaba una vez… y después se dedicaba a hablar bonito y citar artículos.
La realidad, como buena profesora sin paciencia, no tardó en darme mi primer pescozón académico.
Porque resulta que en Derecho también pasan cosas curiosas.
Las leyes cambian.
Se crean leyes nuevas.
Se interpretan distinto.
Aparecen casos que obligan a repensarlo todo.
Y ahí estaba yo, rodeado de códigos, manuales, jurisprudencias, reformas, doctrinas… estudiando como si estuviera preparándome para operar un corazón.
Un día, en medio de una pila de libros, me dio por reírme solo.
—Pero bueno, ¿no era que yo había escapado de estudiar toda la vida?
Fue ahí cuando entendí algo que nadie te explica claramente cuando eres joven: el estudio no es una etapa, es una forma de vivir.
No importa si eres médico, abogado, maestro, ingeniero o mecánico de bicicletas. Si quieres hacerlo bien, tienes que seguir aprendiendo siempre. La vida es como un profesor cubano de los de antes: exigente, pero justo.
Con el tiempo también comprendí otra cosa. Aquella decisión ingenua de muchacho no fue un error. Fue simplemente una lección temprana.
Porque al final el problema nunca fue la carrera.
El problema era creer que el conocimiento tiene punto final.
Y no lo tiene.
Hoy miro hacia atrás y me da gracia aquel muchacho que pensaba que podía ganarle la partida al estudio escogiendo una profesión “más tranquila”.
La vida, con su sabiduría criolla, me enseñó lo contrario.
Si quieres superarte, mi socio, el estudio no se termina nunca.
Ni en la universidad.
Ni en el trabajo.
Ni siquiera en la vida.
Y para decirlo en buen cubano:
el que crea que ya lo aprendió todo… está empezando a quedarse atrás.

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