57 vueltas al sol y bailando





Abrí los ojos a eso de las 03:54, la hora que marcaba el reloj de mi teléfono.

Ya había consumido las primeras cuatro horas del día.

Me quedaban veinte para extraerle el máximo a un día que, al menos para mí, siempre es especial.


Mi jornada laboral comenzaba dos horas después.


Me reencontré con Mr. F en el metro y estuvimos actualizándonos de temas comunes.

Pude —y disfruté muchísimo— entrenar apnea; sorprendentemente utilicé otro traje de neopreno y sentía que me deslizaba mucho mejor bajo el agua.


Un compañero me invitó a lo que va camino de convertirse en tradición: beber una cerveza justo ese día.


Paseé e hice una compra necesaria para mi próximo viaje.


Me regalé una exuberante cena en La Botánica, un restaurante excelente dentro del conglomerado de tiendas Mall of Scandinavia.


Ya entrada la noche: concierto de música latina, baile, tragos, risas, abrazos y felicitaciones por ese, mi día.


Cuando se consumieron los últimos minutos, todavía bailaba y disfrutaba de personas a las que aprecio muchísimo; con algunas he compartido los más recientes veinte años de los cincuenta y siete que cumplí el 27 de febrero pasado.








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