Cuenta regresiva
Otra cuenta regresiva se va acercando a la cota cero.
No es la primera que vivo. A lo largo de la vida uno aprende que las cuentas regresivas no siempre anuncian explosiones ni despegues; a veces anuncian algo más silencioso: un regreso, una promesa cumplida, un punto al que se llega después de caminar durante demasiado tiempo.
Esta comenzó hace meses.
Tal vez años.
Al día de…
Así empiezan muchos calendarios importantes: al día de hoy faltan…
Al día de hoy quedan pocas semanas.
Al día de hoy ya casi puedo tocarlo.
Durante mucho tiempo fue solo una fecha escrita en un lugar discreto de la agenda. Una de esas que uno mira de vez en cuando para recordarse que la paciencia también es una forma de disciplina.
Pero ahora ya no es una cifra lejana.
Ahora la cuenta regresiva se siente en el cuerpo.
Los días empiezan a tener otro peso.
Las mañanas llegan con una pequeña corriente de electricidad.
Como cuando uno era niño y sabía que algo bueno iba a pasar.
Al por fin…
Esa es quizás la parte más difícil de explicar.
Porque “por fin” nunca significa solo que algo ocurre. Significa que antes hubo espera, dudas, aplazamientos, cambios de planes, silencios largos.
“Por fin” es una palabra que guarda historias dentro.
Por fin después de aplazar.
Por fin después de trabajar.
Por fin después de preguntarse muchas veces si realmente iba a suceder.
Y ahora está ahí.
A pocos días.
La cuenta regresiva sigue bajando con la calma implacable de los relojes:
diez…
nueve…
ocho…
Pero curiosamente ya no hay prisa. Cuando algo importante está a punto de suceder, el tiempo deja de ser enemigo. Se vuelve compañero.
Entonces aparece la última parte.
Al después de tanto tiempo…
Porque lo verdaderamente interesante no es el momento exacto en que el contador llega a cero.
Es lo que viene después.
Después de tanto tiempo imaginándolo.
Después de tantas conversaciones interiores.
Después de tantos “cuando llegue el momento”.
Después… empieza otra cosa.
No un final.
Sino un comienzo silencioso.
Y mientras la cuenta regresiva continúa, siento algo muy parecido a lo que se siente justo antes de entrar al mar: ese segundo en que el agua aún no toca el cuerpo, pero ya sabes que estás a punto de sumergirte.
Y sabes también que, cuando salga el sol del día señalado, la cuenta regresiva habrá terminado.
Y la vida —otra vez— habrá comenzado de nuevo.

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