En los árboles







Ubicado en el Kahlenberg, una colina al norte de Viena, dentro del bosque vienés (Wienerwald).


  • Tiene más de 15 recorridos con distintos niveles de dificultad
  • Plataformas en árboles altos conectadas por:
    • cuerdas
    • puentes
    • redes
    • tirolinas




El auto se desplazaba lentamente hacia una zona más alta de Viena.

A medida que ascendíamos, la ciudad comenzaba a quedarse atrás, como si se recogiera sobre sí misma. Los edificios, las calles, el ritmo… todo iba quedando abajo.


Éramos cuatro.


Había algo en el ambiente que mezclaba expectativa con esa risa ligera que aparece cuando uno no sabe exactamente en qué se está metiendo, pero aun así decide seguir adelante.


El bosque nos recibió con silencio.


Árboles altos. Muy altos.

De esos que no parecen crecer hacia arriba, sino sostener el cielo.


Y entre ellos… las estructuras.


Plataformas de madera suspendidas, cuerdas tensadas entre troncos, cables que se perdían en la altura. Todo parecía un juego… hasta que te dabas cuenta de la altura real.


Nos colocamos los arneses.


El casco era obligatorio. Los guantes, opcionales.

Yo decidí ponérmelos. No por miedo —eso me dije— sino por prudencia.

Subí


El clic del mosquetón al engancharse al cable fue el sonido que marcó el inicio.


Ya no había vuelta atrás.



Primer tramo: sencillo.

Escaleras de cuerda, madera firme, equilibrio controlado.

Segundo tramo: ya no tanto. El cuerpo empieza a entender que está suspendido. Que el suelo está lejos. Que cada paso depende de ti.


Miré hacia abajo.


Error.


Uno de nosotros soltó una risa nerviosa. Otro dijo algo que no recuerdo. Yo solo sentía cómo el corazón encontraba un ritmo nuevo, más rápido, más consciente.


Luego vino la tirolina.


Ese momento en el que te lanzas… y durante unos segundos no haces nada.

No decides. No controlas. Solo te desplazas, suspendido, atravesando el aire entre árboles.


Fue ahí donde entendí algo.


No era una actividad física solamente.

Era una forma de enfrentarse a uno mismo.


Seguimos avanzando por rutas más complejas:

más altura, más inestabilidad, más concentración.

El cuerpo se adaptaba. La mente también.


Y entre tramo y tramo, al girar la cabeza, aparecía Viena.


A lo lejos.

Hermosa. Tranquila. Ajena.


Como si nosotros estuviéramos en otro mundo.


Cuando bajamos, ninguno dijo “tengo miedo”.

Pero todos sabíamos que lo habíamos sentido.


Y también sabíamos que lo habíamos superado.


Fue una aventura excelente, sí.


Pero más que eso…fue uno de esos momentos en los que, sin darte cuenta, te mueves un poco más allá de ti mismo.








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