En el platanal


 Estaba cursando el noveno grado de la secundaria básica y, en aquella ocasión, la etapa de la Escuela al Campo —o lo que muchos sentíamos como una forma de esclavitud moderna— se realizaba en la región de Alquízar, que en aquel entonces formaba parte de la antigua La Habana Campo.


Trabajábamos en una plantación de plátanos.
Nuestra tarea consistía en cortar las hojas secas y lo que los guajiros llamaban cepas de plátano.

Mi instrumento de trabajo era un cuchillo, bien afilado, por cierto.

El trabajo era monótono: agarrar la hoja seca, tensarla un poco y darle un corte certero para separarla del tallo y desecharla.
Una y otra vez.
La misma operación, repetida durante horas bajo el sol.

La monotonía pronto se transformó en tedio.
Y del tedio, casi inevitablemente, se pasa a la despreocupación.

Fue entonces cuando ocurrió el accidente.

En uno de aquellos movimientos mecánicos olvidé retirar el dedo pulgar del lugar hacia donde iba dirigido el golpe.
El cuchillo descendió con precisión… pero no sobre la hoja.

Me asesté un cuchillazo entre la uña y la cutícula.

La sangre comenzó a fluir de inmediato, abundante y brillante sobre la piel polvorienta.
El dolor, aunque soportable, fue intenso.

Pero en situaciones como esa —pienso ahora— es donde se empieza a forjar el carácter.

Me vendé la herida como pude, con lo que tenía a mano, y seguí trabajando.

Con el paso de las semanas la uña continuó creciendo, y la marca del corte fue desplazándose lentamente hacia el extremo, como si el propio cuerpo se encargara de borrar aquel episodio.

Hasta que un día, sin darme cuenta exactamente cuándo, la herida desapareció.


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