Pan rallado
Recuerdo como si fuera ayer… en la casa de mi madre siempre había un pedazo de pan olvidado, duro como piedra, que parecía condenado a terminar en la basura. Pero mi madre nunca dejaba que eso pasara.
“¡Ni hablar!”, decía con una determinación que no admitía réplica. Tomaba el pan y lo dejaba secar un poco más, encima del refrigerador, hasta que quedaba como un pedazo de madera. Luego, con paciencia, lo rallaba en un rallador de metal que ya estaba gastado de tanto uso. El sonido era inconfundible: cric-cric-cric, y el polvo de pan caía en un cuenco de aluminio.
Yo la miraba con fascinación, porque de aquel pan muerto nacía algo nuevo. Pronto habría magia en la cocina.
A veces eran croquetas, de las que quedaban doradas y crujientes, rellenas de picadillo o de pollo desmenuzado. Otras veces era el bistec empanado, que se freía en la sartén hasta quedar con esa costra dorada que crujía al morderla. En los días buenos, cuando había pescado, lo pasaba por huevo y luego por ese pan rallado que ella había preparado, y la casa entera olía a mar y a fritura.
Y ni hablar de las albóndigas. Mamá mezclaba la carne con pan mojado en leche, sazón, un poco de ajo y comino, y luego las pasaba por su pan rallado antes de echarlas a la cazuela de salsa de tomate que burbujeaba lentamente.
Para mí, aquel pan rallado era más que un ingrediente: era el símbolo de cómo mi madre sacaba de poco, mucho. Cómo convertía la escasez en un banquete. En la mesa, todos comíamos felices, y yo entendía —sin saberlo— que no se trataba solo de comer, sino de crear, de aprovecharlo todo, de no dejar nada atrás.
Aún hoy, el recuerdo del sonido del cric-cric-cric me devuelve a esa casa de La Habana, al olor del aceite caliente, a la voz de mi madre dándome instrucciones, y al sabor de aquellos días que, aunque duros, sabían a familia.



Comentarios
Publicar un comentario