El callejón
Se entraba por la Calzada de Diez de Octubre.
Era un callejón raro, de esos que se quedan grabados en la memoria como una fotografía que huele a polvo y a sol. Lo recuerdo en la Calzada de 10 de Octubre, frente a la Guarapera. Había que bajar por aquella pendiente, ni calle ni acera, solo un cemento áspero que parecía calentarse más rápido que el resto del mundo. El calor subía por las chancletas y me quemaba un poco la planta de los pies, pero me gustaba esa sensación.
Casi al final, la bajada se inclinaba un poco más y el aire se sentía distinto, como si de pronto hubiera más silencio. Ahí empezaba el espacio de tierra: olía a polvo seco y a veces, después de la lluvia, a barro fresco.
Frente a mí, la casa de Enriquito y su hermano de Noelito con sus padres por supuesto .
Recuerdo sus voces, los saludos gritados de un lado a otro, el ruido metálico de alguna olla golpeando en la cocina, y el ladrido perezoso de un perro que siempre estaba echado en la sombra.
Después venía el callejón: tierra pura, las casas a cada lado con sus puertas medio abiertas. Algunas dejaban escapar olor a café recién colado, otras a ropa limpia tendida al sol. Desde alguna ventana sonaba un radio bajito con un bolero viejo, como si acompañara la tarde.
Yo avanzaba despacio, mirando todo. Sentía el sol en la nuca, el aire quieto, el polvo pegándose a las piernas. Era como si el tiempo se detuviera en ese pedacito de barrio, un mundo pequeño, cálido y secreto, donde todo parecía tener su propio estilo.



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