Jazz al atardecer
Llego a casa y lo primero que busco es el silencio… o más bien, ese silencio que deja espacio para el jazz. Enciendo el equipo y las primeras notas se deslizan por el aire, como si suavizaran el cansancio del día.
Abro las hojas de mi balcón francés. El aire de la tarde entra tibio, con un olor a calle que se mezcla con el de mi propia casa. Desde ahí veo el cielo que se apaga poco a poco, y me quedo quieto mirando cómo las nubes se tiñen de naranja y violeta, mientras el contrabajo marca un compás lento que parece latir en mi pecho.
Algunas veces me sirvo un ron, otras me hago un té, otras solo me quedo de pie, apoyado en el marco de la puerta. Si cocino algo, lo hago sin prisa, dejando que el olor de la cebolla o el ajo acompañe la música.
No me apuro. No quiero hablar, ni revisar el teléfono, ni llenar el espacio con nada que no sea mío. Solo quiero estar ahí, escuchando, respirando. Es mi pequeño ritual: la música, el atardecer, el aire que entra por el balcón… y esa calma que me hace sentir que el día valió la pena.



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