Aguacate



 



Crecí en Cuba pensando que el aguacate era como un miembro más de la familia. Porque te sentabas a la mesa y allí estaba: un aguacate panudo, de esos que cuando tú lo picabas parecía que estabas partiendo un melón, y el plato de arroz blanco se convertía en una fiesta. Después estaban los aguachentos, que como su nombre indica, aquello parecía que tenía hasta ganas de llorar: tú lo apretabas un poco y salía como si fuera una esponja de baño. Y el famoso aguacate de Catalina, ese era un lujo, suavecito, aireado, con una masa tan esponjosa que tú lo podías untar en pan como si fuera mantequilla.


El punto es que en Cuba, saber si un aguacate estaba listo era más fácil que montar bicicleta. Uno iba derechito al “culito del aguacate”. ¡Ese era el secreto familiar! Tú lo tocabas, y si estaba blandito, pues pa’ la mesa. Si no, lo ponías a esperar en la ventana, porque el sol cubano hace milagros. Nunca fallaba.



La primera vez que yo llegué a México y me pusieron un aguacate delante, casi me da un infarto. Yo miraba aquello y decía: “¿Y esto qué cosa es? ¿Una aceituna crecida o un aguacate enano?”. Eran sabrosos, sí, no voy a mentir, pero me quedé en shock con el tamaño. Porque uno, acostumbrado a que con medio aguacate cubano comías tú, la abuela y hasta el perro, ahora tenía que comerme tres de esos para sentir que estaba cenando.


Y entonces, la vida me trajo a Suecia. Aquí la cosa se puso más seria todavía. Porque lo primero es que todos los aguacates vienen importados, y llegan con más viajes encima que yo mismo. Tú los miras y piensas: “Este aguacate vio más aeropuertos que yo el año pasado”. El drama es que nunca sabes si están buenos. ¡Nunca! A veces están tan duros que uno piensa que se pueden usar como balas de cañón, y otras veces los partes con ilusión y resulta que tienen “primavera”: un pedazo verde, otro pasado de maduro, y otro que parece recién nacido.


Aquí la técnica del culito no funciona tan bien, porque casi siempre está duro como piedra. Entonces me recomendaron el truquito de quitarle la cabecita, donde cuelga de la mata. Si lo ves verde, espera. Si está marroncito, cómetelo ya. Y si está negro… mejor ni abras eso.


Con el tiempo, yo mismo me inventé mi técnica: agarro el aguacate con cariño y lo aprieto suavemente. Si siento que mis dedos tienen voz y voto en la conversación, ese es el momento. Si el aguacate me devuelve la presión con un “aquí no manda nadie”, entonces mejor lo dejo descansar.


La conclusión de mi aventura aguacatera es que en Cuba tú vivías en abundancia, en México te sorprendías por el tamaño, y en Suecia vives en un constante suspenso, como en una película de Hitchcock: nunca sabes qué final te va a tocar cuando lo abras.



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