Locura por el flan
Cuando llegué a Suecia, por allá en e 2005 estaba todavía descifrando el idioma, el clima y hasta cómo funcionaban los autobuses. En medio de todo eso conocí a un hombre —creo que de Eritrea— que era asistente social de una persona con discapacidad que yo visitaba.
Lo que no se me borra de la memoria es su reacción cada vez que se enteraba de que yo había hecho un flan. Aquello no era normal. Apenas yo mencionaba la palabra “flan” y era como si le hubiera anunciado que había llegado Papá Noel, pero en julio. Los ojos se le abrían como platos, la respiración se le aceleraba y empezaba a moverse inquieto, casi como si no supiera qué hacer con las manos. Era una mezcla de alegría, ansiedad y algo que rozaba la locura.
Yo me reía por dentro, porque era gracioso y un poquito preocupante a la vez. Una cosa es que a uno le guste un postre, y otra es que parezca que te va la vida en que te toque un pedazo. Nunca hizo nada indebido, pero su transformación era tan exagerada que yo pensaba: “¡Caramba, si este hombre viera una pastelería completa, se desmaya!”
Todavía hoy, tantos años después, si alguien me dice “flan”, lo primero que me viene a la cabeza no es el postre, sino la cara de este hombre, ese momento exacto en que pasaba de ser una persona tranquila a convertirse en un niño en la víspera de Reyes.



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