Castor
La madrugada envolvía al Carlberg Canal en un manto de niebla ligera. La isla Kungsholmen se perfilaba en la distancia, apenas visible entre las sombras azuladas del amanecer. El aire era fresco y húmedo, con el aroma terroso del agua y la vegetación despertando lentamente. Mis pasos sobre la tierra húmeda producían un leve crujido, casi tímido, como si no quisiera romper el silencio que reinaba.
A lo lejos, un joven apareció de repente, señalando algo y exclamando: “¡Mira, una rata!”. Mis ojos siguieron su gesto y entonces lo vi: no era una rata, sino un castor. Su cuerpo robusto se movía con lentitud calculada, como un actor en su propia escena, y cada paso hacía que la hierba mojada se inclinara suavemente bajo su peso.
El castor avanzó hacia el canal, y al llegar a la orilla, la luz tenue del amanecer se reflejaba en el agua mientras él sumergía su cuerpo con un deslizamiento silencioso, dejando ondas que brillaban como pequeñas cintas de plata. El sonido del agua rozando su cola palmeada era casi imperceptible, pero mágico, como un susurro secreto de la naturaleza.
Seguí caminando, con los sentidos alerta, me quedé con ganas de volver a verlo.
El canto lejano de aves despertando y el suave murmullo del agua completaban la escena, haciéndome sentir que estaba siendo testigo de un instante privilegiado y secreto, una danza tranquila entre la vida silvestre y el amanecer en Kungsholmen.




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