¿ Rápido ?…mejor a tiempo
Era mi primera vez en Lanzarote, invitado por una amiga alemana buceadora, de esas que parecen tener más vidas que un gato: bucea, pinta cuadros, monta motos… en fin, una mujer que no pierde tiempo. Íbamos a encontrarnos con un instructor de buceo, un tipazo con experiencia tanto en lo técnico como en lo recreativo. Hasta ahí, todo perfecto, vacaciones de buceo, buena compañía y una isla nueva por descubrir.
El asunto fue que, camino a una cena para vernos con este instructor, pasamos por un sitio donde había un detalle curioso —creo que alguien estaba jugando tenis o algo parecido— y yo, con mi calma de turista feliz, le digo:
—¿Viste eso?
Ella, sin aflojar el paso, me suelta un “no” rotundo. Y yo, que ya iba medio jadeando para seguirle el ritmo, le digo:
—Claro que no lo viste, ¡si caminas como si fuéramos tarde a coger un avión!
Se me quedó mirando seria, como pensando: “caramba, este hombre tiene razón”. Y ahí fue cuando me cayó la ficha: ¿por qué esa prisa, si estamos de vacaciones? Nadie nos corre, no tenemos horarios ni relojes apretándonos el cuello.
Lo gracioso es que no se trataba de una chamaca llena de ímpetu. No, no. Teníamos más o menos la misma edad, ya con los pies en la tierra, y sin embargo ella iba como si tuviera que batir récord en los 100 metros planos.
Y entonces pensé en lo mucho que nos perdemos por andar tan rápido. Los detalles sencillos, los que de verdad marcan la diferencia. En el buceo pasa igual: si bajas corriendo, con la cabeza en otra cosa, jamás verás el caballito de mar escondido o el pulpo que te mira desde su guarida. Y en la vida, tres cuartos de lo mismo.
Ese día confirmé algo: la prisa es la mejor manera de pasar por la vida sin enterarse. Y yo, que estaba allí en mi primera visita a Lanzarote, lo que quería era saborear cada detalle, aunque fuera simplemente un tipo jugando tenis al lado de la calle.
Porque a fin de cuentas, ¿para qué tanto apuro si el tiempo es nuestro?



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