Lector clandestino









 No sé exactamente cómo llegaron a mis manos. Primero fueron revistas de Selecciones del Reader’s Digest.


Después empezaron a aparecer los cómics, aquellos magazines de aventuras. Los que más me gustaban eran los de El Halcón Negro, ese grupo de pilotos intrépidos que vivían historias que me tenían en vilo.


Los devoraba. Fue una época que disfruté intensamente, aprendiendo tanto de las historias de aventuras como de los artículos de Selecciones. Era un aprendizaje secreto, mío, que no compartía con nadie. En aquel tiempo en Cuba, tener publicaciones extranjeras —y peor aún, norteamericanas— podía ser visto como algo peligroso, “diversionismo ideológico” le decían. Así que guardaba silencio.

Lo cierto es que nunca se lo conté a nadie. Aquellas revistas llegaron, me enseñaron, me hicieron soñar, y un día desaparecieron tal como habían venido. 


Creo que fue mi padre quien me las trajo, pero no lo recuerdo con certeza. Solo sé que estuvieron ahí, que dejaron su huella en mí, y que cuando se fueron dejaron también un espacio de nostalgia que todavía siento.

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