En la bahía a punto de morir

 







El bote de goma, con motor fuera de borda, surcaba las aguas de la bahía de Palma de Mallorca a gran velocidad. En su interior, un grupo de submarinistas completamente equipados se aferraba a las agarraderas para mantener el equilibrio. El mar ofrecía olas de poca altura, pero lo suficientemente potentes como para balancear la ligera embarcación.


Entonces la vimos…


(Quien conducía nuestro bote aceleró, intentando cruzar por delante de la otra embarcación).


Era mucho más grande que la nuestra y su velocidad, considerablemente menor.


De repente, como salida de la nada, apareció una potente lancha de motor de la Guardia Costera Española. Nos ordenaron detener los motores.


—¿Quiénes son ustedes?

—¿Qué hacen?

—¿Hacia dónde se dirigen?


Fueron algunas de las preguntas que nos lanzaron. El capitán de nuestro transporte respondió con calma: éramos un grupo de buceadores, en camino hacia nuestro punto de inmersión.

El guardacostas, con firmeza y sin rodeos, nos aleccionó:


La otra embarcación era una barcaza de guerra de Turquía.

Intentar cruzar por delante de ella habría sido interpretado por los marines turcos como un acto hostil, lo que los habría legitimado para abrir fuego contra nosotros.


Teníamos toda la pinta de una lancha de hombres-rana: una misión de ataque, sabotaje o cualquier otra acción militar encubierta.


Nos quedamos en silencio.

Agradecidos de no haber cruzado esa línea.

De haberlo hecho… ni siquiera estarías leyendo esto.


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