¿Famoso, diferente o confundido ?




Siempre he pensado que la fama es como el unicornio de la vida moderna: todos hablan de ella, algunos dicen haberla visto, y otros… simplemente se ven envueltos por accidente. Como yo.


A lo largo de los años, he vivido varios episodios donde, por razones que aún no comprendo del todo, la gente me confundió con alguien. No sabían con quién exactamente, pero con alguien. Y eso fue suficiente.


México, 1993.

Salíamos de una presentación con el Conjunto Folclórico Universitario. Éramos jóvenes, talentosos y con más energía que presupuesto. Al terminar la función en uno de esos teatros mexicanos que huelen a historia y sudor artístico, un grupo de adolescentes nos vio salir… y explotó el caos.

Gritos, risas, carrera descontrolada.

Yo pensé que venía un sismo.

Pero no: ¡autógrafos! ¡Autógrafos!

Y como en aquella época no existía el concepto de “selfie” (ni de celulares con cámara), sacaron lo primero que tenían a mano: servilletas.

Yo firmé servilletas, boletos de bus, la tapa de un cuaderno… y creo que un yeso también.

Por un instante, me sentí Luis Miguel. Hasta que subimos al ómnibus sin aire acondicionado y todo volvió a la normalidad.


South Beach, Estados Unidos. Primeros 2000.

Yo estaba de vacaciones, relajado, tomando mojitos en el club Mango, ese donde van famosos de verdad.

Y allí estábamos nosotros, mis amigos y yo, con una cámara de esas que parecen sacadas de una película de espías o de periodista de guerra.

Bastó una pose, un flash, y alguien gritó:

—¡¿Quién es ese?! ¡Debe ser alguien!

Y como la lógica del espectáculo es infalible —si tienes cámara grande, debes ser importante— comenzaron a pedirme fotos.

Yo accedí, claro. No todos los días uno es famoso sin hacer absolutamente nada.

Al final de la noche, alguien me preguntó si era jugador de béisbol o actor. Le respondí:

—Depende de quién pregunte.


Budva, Montenegro.

Una joya del Adriático, playas preciosas, gente simpática, pero… homogénea.

Muy blanca. Muy rubia. Muy ojosazul.

Y luego llegué yo.

Alto, negro, con equipo de buceo. Básicamente una aparición mística.

La reacción fue inmediata: miradas, susurros, risitas. Al tercer día, empezaron a acercarse para pedirme fotos.

—¿Famoso? —me preguntaban con los ojos.

Y yo asentía con una sonrisa que decía: “Lo que tú quieras, hermano.”

Una señora me pidió que posara con su perro. Todavía no entiendo por qué, pero ahí estoy, en algún álbum montenegrino, sonriendo junto a un poodle.


Manila, Filipinas.

Un paseo inocente por las calles de la ciudad y de pronto: un enjambre de niñas escolares con uniforme.

Me rodearon como si fuera Michael Jackson reencarnado.

Risas nerviosas, emoción desbordada, y muchos, muchos teléfonos apuntando.

Yo solo pude pensar: “¿Cómo explico esto en el aeropuerto si alguien saca estas fotos de contexto?”

Pero todo era inocente. Ellas estaban fascinadas simplemente porque… bueno, era diferente.

Alguien nuevo, alguien fuera de su paisaje habitual.

Yo solo trataba de no parecer demasiado confundido mientras me tomaban fotos como si fuera una atracción turística más.


Estocolmo, Suecia.

Aquí sí, lo admito, había una razón.

Había trabajado como extra en la serie “Snabba Cash” (Dinero Rápido).

Un día, tranquilo en la recepción de mi trabajo, un adolescente me mira fijamente.

Yo pienso: “¿Tendré algo en la cara?”

Pero no.

—¡Es él! —gritó, y en segundos estaba rodeado de un grupo de chicos pidiéndome autógrafos.

Usaron pedazos de papel, recibos, etiquetas de ropa… Uno incluso me ofreció que le firmara el brazo.

Yo firmé todo con dignidad. Como debe hacer toda celebridad accidental.




Conclusión:

No soy famoso. Solo he sido, en diferentes momentos, una ilusión óptica, un error de percepción… o el reflejo de lo que alguien quería encontrar.

Y oye, no me quejo.

Peor sería que me confundieran con el del gas.





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