Caos invernal






Pretender que ayer fue un día invernal normal sería poco serio.

Fue uno de esos días de invierno con todas las de la ley —o mejor dicho, con todas las de la naturaleza.


El sol salió.

Iluminó Estocolmo y, con una timidez casi compasiva, logró calentar por unos instantes a los estocolmenses. Pero fue solo un gesto breve. Pronto las nubes tomaron el mando y el protagonismo, y la nieve comenzó a caer de nuevo, silenciosa y persistente, retomando su antiguo oficio: cubrir de blanco cada superficie que encontrara en su viaje desde allá arriba hasta aquí abajo.


Adentro, en mi centro de trabajo —como en tantos otros lugares— todo transcurría con aparente normalidad. La vida seguía su curso, ajena a la coreografía implacable que se organizaba afuera.


Terminé mi jornada laboral y lo que normalmente sería un viaje de regreso a casa de una hora, o apenas un poco más, se transformó en un proceso dilatado y agotador. La hermosa —¿hermosa?— nieve blanquecina y gélida, en su caída serena, trajo consigo el caos en el transporte urbano, colectivo y ferroviario, sin perdonar a ningún otro medio de desplazamiento.


Trenes retrasados.

Salidas canceladas.

Esperas que se estiraban sin explicación ni consuelo.


Cuatro horas y media después…

cansado, muy cansado…


llegué a casa.


Y entonces, solo entonces, el invierno quedó afuera.





Comentarios

Entradas populares