Deporte televisado
Siempre me ha gustado ver deportes por la televisión. No como una religión ni como un acto solemne, sino como quien se sienta a compartir una historia que ya conoce, pero igual le entretiene. En la isla grande de las Antillas, los domingos tenían otro ritmo, otro olor, otro sonido. Sobre todo si jugaban los Industriales. Ese día el reloj parecía acomodarse al calendario del béisbol y no al revés.
Podía adelantar diligencias, posponer encuentros, incluso negociar conmigo mismo cualquier otra actividad. Pero si no había nada verdaderamente importante que hacer, entonces el plan estaba claro: béisbol. El resto podía esperar. Me sentaba, miraba el juego y dejaba que las entradas pasaran como quien ve caer la tarde desde un portal. A veces ganábamos, otras veces no… y curiosamente eso nunca fue un drama. Nada de fanatismos, ni gritos desaforados al televisor. Ganar alegraba, perder enseñaba paciencia. Así de simple.
Con el tiempo, la vida me mudó de latitud y también de costumbres. El clima cambió, los horarios se comprimieron y, sin darme cuenta, también se transformaron mis gustos deportivos. Hoy podría pasar horas siguiendo un largo torneo de tenis, una etapa de ciclismo, una carrera de Fórmula 1 o perderme entre deportes de invierno, natación o MotoGP. Todo eso me sigue pareciendo una delicia… en teoría.
En la práctica, algo es distinto. Ya no me seduce tanto la idea de estar más de 90 minutos clavado en un sofá viendo un partido de fútbol o baloncesto. No es que no me gusten; es que ahora mi cuerpo me pide otra cosa. Prefiero moverme yo antes que mover solo el pulgar para cambiar de canal. Caminar, entrenar, sudar un poco. Como si el verdadero espectáculo hubiera dejado la pantalla y se hubiera instalado en mis propias piernas.
Supongo que no dejé de amar el deporte; simplemente cambié de rol. Antes era espectador con café en mano. Hoy, cuando puedo, soy protagonista, aunque no haya cámaras ni narradores emocionados. Y la verdad… se disfruta igual o más.



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