Camisa nueva....

De color amarillo claro,recien estrenada, era aquella camisa que sin abotonarla me la puse y salí a montar mi juguete preferido de aquellos días.
El sitio escogido para la aventura de deslizamiento, era la bajada ubicada entre la carnicería y unos almacenes, que luego devinieron en casas. Eran unos 25 metros de una pendiente, en una especie de pasillo amplio interior, flanqueado por dos edificios y que daba con el portal de la casa de unos de mis amigos y compañero de estudios primarios.
El recorrido lo había hecho en disimiles oportunidades; la mayoría de las veces sin camisa, pero esa tarde era distinto. Me estaba estrenando una camisa.
La pared de la derecha no aportaba nada significativo, sin embargo a la izquierda y casi al principio de la pendiente, estaban los relojes que marcaban el consumo de electricidad de las numerosas casas del vecindario: cables conductores, conexiones, tuberías conductoras del agua y una reja que te permitía ver el patio interior de una de las casas.


El recorrido fue rápido y veloz, como de costumbre, al final de la cuesta accioné mis talones contra el piso, posibilitando que se detuviera mi chivichana con la que había estrenado una linda camisa que el viento, suponía yo, batiría con prontitud dada la velocidad de la maniobra de descenso.
Cometí un infantil y lógico error de cálculo. Por el largo de la camisa, los extremos inferiores fueron atrapados por las ruedas traseras de mi chivichana y la parte inferior de aquella prenda quedó llena de huecos.
Realmente no recuerdo si la respuesta de mi madre conllevó una reprimenda física o verbal porque quizás no fue lo más trascendente de la anécdota. La muy ingeniosa solución fue cortar la parte inferior de la camisa y convertirla en lo que aquel entonces llamábamos una "guapita". Mi camisa nueva se convirtió en " camisa nueva guapita", cuyo borde inferior quedaba a la altura de la cintura.

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