Almuerzo de lujo.




Hora de almuerzo.

En la mochila , ropa deportiva a base de pantalones cortos, ropa de baño, rash guard, gafas para el sol…. En un recipiente algo de pasta y alguna proteína, un termo con agua bien fría .

Salgo del apartamento, bajo por las escaleras que conducen al patio trasero del conjunto de edificios, de ahí a la calle.

A unos doscientos metros está el Canal Karlberg….

Cruzo el puente y ya del otro lado me dirijo a Point 65 ° donde guardo mi kayak.

Más de 10 años y algunas aventuras náuticas compartidas juntos.

Mi Picnic, surca las aguas del lago Mälaren y 14 minutos después desembarco en Treneberg…..

La playa está casi desierta.

Un par de bañistas tomando el sol.

Yo, despliego un mantel y dispongo todo lo que traje para, con vista al lago tener un almuerzo de lujo.

El silencio solo lo rompe el roce suave del agua contra la orilla y algún que otro graznido lejano. Me quito las zapatillas, dejo que los pies toquen la arena todavía fresca y respiro hondo. Hay algo ceremonial en este gesto: abrir el recipiente, servir la pasta, beber un sorbo de agua helada que baja como un regalo por la garganta.


El sol se refleja en el lago y me obliga a entrecerrar los ojos. Pienso que el tiempo, aquí, tiene otro ritmo. No corre: flota. Cada bocado sabe distinto cuando no hay prisa, cuando el almuerzo no es una pausa sino un destino.


Después de comer, me tumbo un momento sobre el mantel. El cielo es amplio, limpio, casi insolente. Me pongo la rash guard, las gafas de sol, y camino hacia el agua. El primer contacto es frío, pero honesto, como si el lago preguntara quién soy y a qué vengo. Me sumerjo despacio, dejo que el cuerpo se adapte, que la mente se vacíe.


Al salir, el kayak me espera, paciente, balanceándose apenas. Seco la piel al sol, recojo con calma. No hay urgencia por volver. Sé que en unos minutos estaré otra vez remando, siguiendo el mismo trazo de regreso, pero distinto, porque ya no soy exactamente el mismo que cruzó el puente.


Recojo el mantel, doy una última mirada al lago y sonrío. Almuerzo de lujo, sí. Pero el verdadero banquete ha sido este instante.




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