El juego inocente que cambió todo.

 Afortunadamente, no presencié el accidente, solo supe de lo ocurrido a través de una amiga de mi madre que, a su vez, lo conoció por la madre de los implicados: dos hermanos. Hubiese sido mucho más traumático haber estado presente durante el desafortunado incidente. Yo tenía menos de diez años y los implicados eran menores que yo.


M, el niño, jugaba con unas tijeras cortando algo. Estaba sentado en el piso, concentrado en su juego. Y, su hermana mayor, se acercó por detrás y se inclinó sobre él para, sin previo aviso y preocupada por el uso del instrumento, trató de quitárselo.



Se produjo un forcejeo entre ella, que se creía con derecho de prohibir y privar a su hermano menor del uso del potencialmente peligroso instrumento, y la férrea decisión del menor de no dejarse arrebatar su fuente de juego y diversión. Dada la posición en la que ambos estaban, él sentado y ella inclinada sobre él, se produjo el desafortunado desenlace. 


Ella, con relativamente más fuerza que su hermano menor, tiraba hacia arriba, mientras él se oponía. Al agotársele las fuerzas, él perdió el agarre, y la fuerza que ella ejercía hacia arriba, al no encontrar resistencia, hizo que las tijeras se clavaran directamente en uno de sus ojos. El resto de la escena es inenarrable. 


Ella perdió el ojo en el accidente. 

Él, un niño pequeño, también sufrió consecuencias psíquicas por su implicación en el hecho. 

Los que supimos del mismo también sufrimos afectación.






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