Mi primer equipo de snorkel

Tendría unos diez años de edad. 

Para ese entonces, ya sabía nadar y hasta seleccionar qué calzado quería usar y para qué ocasión.

Con relativa frecuencia visitaba la peletería "La Elegante", que estaba ubicada justo al frente y a la izquierda del edificio donde vivía con mi madre.

 En la peletería trabajaban las personas más amables que han existido: Gladys, la madre de uno de mis mejores amigos (de los pocos que tengo: el Pepo), también estaban Nora y Pepe.


El lugar olía agradablemente siempre a piel nueva, a limpio. Las butacas de metal y cuero negro alineadas a la izquierda del otro lado de la estantería de zapatos, y al frente y al final, el mostrador y la caja.


En esta oportunidad, todo sucedió en las vitrinas de la parte exterior. Iba caminando de la bodega hacia la peletería y, al subir el escalón entre una y otra, vi algo inusual en una peletería. Un par de aletas de buceo, de color verde… Me quedé inmóvil, no me lo podía creer aunque era obvio que era real.

Minutos después, regresé a la peletería y, por la suma de veinte pesos cubanos, me compré mis patas de rana verdes para hacer compañía a mi careta y mi snorkel.


Me sentía diferente, pleno… Había iniciado uno de los entretenimientos más hermosos que conozco… Ya sentía amor por el mar, y ahora estaba mejor equipado para visitarlo, respetarlo y cuidarlo.



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