En el medioevo


La máquina del tiempo sí existe, al menos eso fue lo que experimenté durante toda una semana.




Estaba de visita en una isla, maravillado por su belleza y tranquilidad, cuando de repente, ante mis ojos, empezaron a desfilar personas de la época medieval. 



Yo, cubano, me encontraba en un escenario completamente surrealista. 
Mi piel, con su tono cálido y profundo, contrastaba vivamente con los trajes históricos y las armaduras brillantes que me rodeaban. Vestido con ropa moderna y llevando una cámara fotográfica, no podía contener mi asombro y fascinación.



Cada rincón de la ciudad parecía haber regresado en el tiempo. Las calles empedradas estaban llenas de comerciantes, caballeros, damas, campesinos y juglares. Era como si el medioevo hubiera cobrado vida. Los olores de la comida cocinándose al aire libre, el sonido de las espadas chocando en las justas, y la música de los trovadores llenaban el ambiente con una autenticidad que me transportaba siglos atrás.




Mientras caminaba, mi cámara no dejaba de capturar cada detalle. Hombres y mujeres de todas las edades vestían con ropas de época, desde lujosos vestidos hasta sencillos atuendos de aldeanos. Los colores vivos y los tejidos gruesos contaban historias de tiempos antiguos. Observaba cómo los artesanos demostraban sus habilidades, desde la herrería hasta la carpintería, y cómo los niños corrían y jugaban, riendo sin preocupaciones, tal y como lo habrían hecho sus antepasados.



La gente se comportaba como si realmente vivieran en esa era. Había recreaciones de batallas, donde los caballeros en armadura completa mostraban su destreza en combate, y mercados donde se vendían productos artesanales, desde joyas hasta cerámicas. Cada conversación, cada gesto, estaba impregnado de una autenticidad que me hacía olvidar por momentos que yo venía del siglo XXI.




Lo más fascinante era la convivencia entre los habitantes de la ciudad y los visitantes de otras partes del mundo. Personas de diferentes culturas y nacionalidades se reunían, todos unidos por la misma pasión por la historia y la recreación. A pesar de nuestras diferencias, había un sentido de camaradería y respeto mutuo. Compartíamos historias, nos reíamos juntos y, a través de nuestras interacciones, aprendíamos unos de otros.




En medio de esta experiencia única, me sentí profundamente conectado no solo con la historia que se recreaba, sino también con las personas a mi alrededor. Era un recordatorio de que, independientemente del tiempo y el lugar, la humanidad siempre encuentra maneras de unirse y celebrar su rica diversidad cultural.


Mientras mi cámara continuaba capturando estos momentos inolvidables, supe que esta experiencia permanecería en mi memoria para siempre. Era un testimonio del poder de la imaginación y la dedicación, capaz de revivir épocas pasadas y crear un puente entre generaciones y culturas. 

Visby durante la Semana Medieval 



Al final de la semana, mientras el festival llegaba a su fin, me llevé conmigo no solo fotos, sino también un profundo aprecio por la historia y la conexión humana.


                                  GOTLAND 




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